El Terrorismo de la Casa Blanca

 

Amenaza Global

 

Por MARTHA ROBLES

 

Ha comenzado la cuenta regresiva. Expectante, el mundo toma decisiones y posiciones. Con ataques contra Irak o sin ellos, la realidad universal ha emprendido otra etapa. León Olivé la califica de "Macartismo planetario". Aunque difuso, en el presente hay síntomas de brotes ideológicos con sus respectivos intereses económicos, intolerancia, miseria, presiones religiosas y ajustes tácticos en las políticas internacionales que extreman dos opciones inconciliables desde los días de Reagan: vivir en un mundo de ilusiones cómodas y alimentado por la propaganda mientras se encubre una verdad devastadora, o mirar con responsabilidad una historia reciente que ha estado dominada por la injusticia y la lógica del terror.

El futuro tambalea entre ambas posturas. Aunque escasea la cordura, "la guerra contra el terror" que propone y comanda Bush como una síntesis actuante del que fuera eje político Thatcher\Reagan no puede menos que desatar una catástrofe sin precedentes o emprender, por oposición, un orden de rectificaciones que modifique las actuales estructuras institucionales y desarrolle tanto las virtudes ciudadanas como el sentimiento de Estado en las sociedades más débiles: condición indispensable para evitar la escalada destructiva que, a excusa de "erradicar" el "cáncer" que según Washington estaba destruyendo la civilización, permitió a los "reaganistas" desencadenar una fatal política de apoyo a muchos otros terrorismos que derivaron en el doble imperio del odio y la depauperación que ahora, otra vez, pretenden combatir con idénticas actitudes redentoras.

El "cáncer" o la "plaga" del terror, como también la llamaban hace unos veinte años, ni siquiera tenía a Osama Ben Laden en la imaginación política. Lo extraño es como se fue imponiendo una estrategia de sustituciones respecto del enemigo a vencer, a partir del 11 de septiembre fatal y cómo, poco a poco, se fue manipulando a la opinión pública para que, al menos entre la población más mediatizada de Estados Unidos, se aceptara que a los ataques terroristas cometidos contra civiles, Washington debía responder con otros ataques incluso más aterradores y también contra civiles en el exterior, aunque avalados por una política de alianzas internacionales.

Tras la sombra de un Afganistán señalado y no menos devastado por un Bush que encarnaba al ángel exterminador se fue infiltrando la "necesidad" de abatir no nada más a un Saddam Hussein tan rebelde como "peligroso" a los ojos de Washington, sino a Irak entero: un país petrolero, subyugado interna y externamente, supuesto fabricante de armas nucleares y acaso también bacteriológicas, cuya desventaja social, económica, política y estratégica respecto de sus atacantes pone de relieve un hecho que nadie, en parte alguna, puede ni debe desatender: cuando la Casa Blanca se empeña en emprender un ataque armado, el resto del mundo debe alinearse a sus más bajos y por demás conocidos intereses y cuotas de dominio, aunque cada vez resultan menos localizados los efectos de sus acciones y más arriesgado, para el planeta, la decisión de dividir a la comunidad internacional a excusa de que Occidente se encuentra amenazado.

Oportunas, las denuncias de Noam Chomsky no pueden omitirse en un momento de alto riesgo como el que vivimos, ya que sin considerar los antecedentes parecería que nos encontramos ante cambios repentinos en el orden y la tendencia mundial. Recordemos por ejemplo -según escribiera Chomski en 11\09\2001- lo ocurrido en el sur de Africa, donde Occidente respaldó a Sudáfrica en sus depredaciones y causó la muerte de millón y medio de personas y provocó daños materiales valorados en sesenta mil millones de dólares. Esto, sólo durante los años de la administración Reagan. De entonces (mediados de los años ochenta) data el apogeo de la histeria colectiva en torno del terrorismo internacional, en tanto y los Estados Unidos y sus aliados "estaban enzarzados en dirigir la tarea de extender el cáncer que exigían debía ser extirpado".

Para nadie es un misterio, por otra parte, la intervención norteamericana a favor de los talibanes en Afganistán, a quienes después satanizó y combatió la Casa Blanca, cuando dejaron de representarle un interés en su política del Oriente Medio. El Pentágono proveyó de armas y material nuclear a Saddam Hussein durante el enfrentamiento contra Iránn, en el mismo Irak que hoy se pretende destruir. En Panamá, Noriega fue su aliado y protegido antes de reducirlo a basura mundial, a costa de cientos o mials de víctimas inocentes. Grenada, punto casi inédito en la geopolítica mundial, sería asimismo móvil de una pavorosa invasión y desde entonces quedó en claro que son los "ajustes tácticos" de Estados Unidos los que modifican la lógica del terror y su correspondiente propaganda.

Lo diferente ante una misma violación de los derechos humanos es la estrategia que determina objetivos militares y presuntos terroristas a combatir "en bien de la humanidad". Sólo que la Casa Blanca no contaba con respuestas como las recientes de Alemania y Francia, países que se atreven por fin a unir sus fuerzas en contra de lo que a todas luces será un verdadero genocidio en contra de Irak y posteriormente, quizá también contra Irán, Siria y Libia, por una parte, y Corea del Norte por otra. Y, más allá, están las posturas antinorteamericanas de China y Moscú. Es decir, nos encontramos en un mundo dividido en los hechos que ya demuestra no estar tan globalizado en la política internacional como se pretende, aunque en su totalidad tambalea ante la amenaza de una guerra generalizada.

Es un mundo, también, cuya confusa recomposición cultural, social, étnica, religiosa y económica ofrece numerosos atavíos propagandísticos a la ideología de la extrema derecha que, históricamente, ha atizado el medio para combatir el miedo, dividiendo a la población en categorías absolutas de bien y mal para encubrir la persecución irracional e inventado ataques militares para subsanar crisis económicas de los líderes capitalistas.

Ya se sabe que nada puede unir a los pueblos más que el miedo, aunque aun el terror tiene sus límites de fatiga. Vietnam, por ejemplo, es una guerra que Estados Unidos perdió desde dentro. Fueron sucesivas las acciones pacifistas y decisivas las reacciones de desobediencia civil emprendidas por los "detractores de conciencia" hasta que la Casa Blanca se vio obligado, literalmente, a retirar sus tropas de los países asiáticos ocupados.

Y ante la amenaza que se agrava con el desplazamiento de tropas inglesas y estadunidenses, especialmente, vuelven a reaparecer las protestas callejeras e intelectuales de la mejor y más sensata ciudadanía norteamericana. El prestigiado Noam Chomski ha emprendido un infatigable debate pacifista, cuya actitud crítica deja al descubierto los fines de un poder abyecto y sustentado por la industria militar. Incluso se ha atrevido a desacreditar "los vítores de los intelectuales y los de aquellos a quienes esos intelectuales ayudaban a movilizar, en todo el espectro político, desde la izquierda hasta la derecha" porque no representan una parte inofensiva en este resurgir de ideologías alimentadas a la sombra del terror, que ya se muestran más peligrosas y de mayor alcance que las tradicionales.

En realidad, la crisis que padecemos, desde la perspectiva global, acusa una triste ausencia de luchadores sociales, pacifistas y defensores significados de los verdaderos derechos humanos, cuya violación sistemática afecta el bienestar de la población mundial, no sólo por la vía de los ataques armados, sino por la más cotidiana lucha económica que confina a pueblos enteros a estados de miseria que lindan en lo infrahumano.

Más que nunca todos debemos hacer lo que esté a nuestro alcance para evitar esta asesina escalada de violencia que, lejos de pacificar, como lo supone el insensato George Bush, desencadenará atentados más atroces que los de las Torres Gemelas. Tiene razón Chomski al insistir en que aun los líderes mundiales deben mesurar sus críticas y disminuir sus alardes, pues lo que estamos presenciando es un fortalecimiento de los sectores más reaccionarios y agresivos del sistema de poder socioeconómico. Lo que está en riesgo es la supervivencia humana, no el destino de Irak y mucho menos la estabilidad de la Gran Bretaña o de Estados Unidos.

Lo que es innegable es que, al margen de los resultados inmediatos, presenciaremos en breve transformaciones determinantes, tanto respecto de la idea que sustenta las libertades, como del concepto moderno de democracia, La precisión de los derechos humanos exigirá una revisión interpretativa que, con seguridad, obligará a la comunidad internacional a reconsiderar los términos de la economía mundializada.

Por lo pronto, sólo las atrocidades están a la vista. Más allá de la inmensa cantidad de actos irracionales y devastadores que han hecho casi insoportable el hecho de vivir, debemos empeñarnos en rescatar formas de coexistencia dignas y esperanzadoras. Precisamente esta situación que nos amenaza es uno de los ejemplos trascendentales que demuestran cómo, para triunfar en sus propósitos, los ultra derechistas se entregan primero a la demolición del pensamiento educado; luego, el ataque sutil o directo a la crítica intelectual, a la divulgación de las humanidades y al poder de denuncia que entrañan las verdaderas artes. De ahí el desdén a los intelectuales para desacreditar sus advertencias y razonamientos. De ahí que, más que nunca, tengamos la obligación de sumarnos a la defensa de la paz y, con ella, también de la vida.

mrobleso@excite.com

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