Columpio

 

A ver qué Pasa

 

Por CARLO COCCIOLI *

 

UNO que no se llame -y lo digo con todo respeto- Fausto Fernández Ponte u otro nombre casi del mismo tamaño, ¿qué puede estar haciendo, realmente, en este periódico que parece no saber salir de sus dificultades y turbulencias? Me lo pregunto por lo menos dos veces cada semana teniendo frente a mí las tres hojas aún vacías que "debo" llenar de escritura. Debo, sí, primero porque soy escritor hasta la médula y los escritores debemos escribir. Y no secundariamente, sino también primeramente, porque pese a todo -sí, pese a todo- yo quiero de veras a este periódico. Lo amo.

El cual periódico no me paga desde hace un año, un largo año en el cual por motivos de enfermedades yo necesitaba gastar mucho más dinero que lo que gasto de costumbre. No hubo ni siquiera "le beau geste", el bello gesto a la francesa, de preguntarme si de veras de veras de veras estaba yo mortalmente necesitado de algunos cheques. En cuyo caso, envuelto yo en el mismo digno clima amistoso, es posible que hubiera contestado que no. Pero nada. Bueno, las cosas están así y he leído con religiosa atención el Manifiesto a la Nación del 16 de enero pasado, en cuyo texto sí he encontrado yo, dispénsenme, pasajes casi incomprensibles. A tal grado que he hablado telefónicamente durante tres cuartos de hora con un viejo amigo (quien no quiere ser nombrado) que no deja de leer este periódico palabra por palabra, coma por coma, llegando a concluir que a él lo único que le molesta en el actual diario es su izquierdismo casi insoportable. Pero esto sería meterse en otro lío y yo ahora he de pasar -si realmente opino que debo seguir cumpliendo- a mis colúmpicas pequeñeces bisemanarias las cuales sin embargo interesan y hasta conmueven a unos cuantos (¡no crean que son tan pocos!) lectores y lectoras. En conclusión, a ver qué pasa. Sólo confieso que me siento a menudo con una real gana de huir y no como consecuencias de las enfermedades recientes sino porque soy un toscano práctico y amante de derisiones, odiador de tergiversaciones etcétera; y reitero que es cosa de un año que no se me paga. Lo cual es mucho... sobre todo para quienes sabemos que EXCELSIOR es una entidad la cual con cierto atrevimiento podríamos llamar rica. Mejor, ¿verdad? paso a otra cosa.

 

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¿A cuál? Tal vez al supuesto izquierdismo que tano molesta al citado amigo mío, quien no aprecia por ejemplo que desde hace meses aquí se alabe a un López Obrador quien "regala" dinero público a los pobres más pobres. Ay Dios, ¡es un motivo así lo que me hace querer al honorable Pejelagarto, de donde se ve cuánto seamos distintos los seres humanos! Pues esto lo está diciendo un servidor quien durante su lejana juventud fue aborrecido en la comunistoida ciudad de Florencia como individuo de la detestada derecha (era yo un personaje del PLI o partido liberal italiano, ¡sin contar que había sido un fiero "partisano combatiente" muy al lado de los comunistas!). Las cosas de la vida. Para mí, el señor López Obrador puede regalar a los muertos de hambre todo el dinero público que quiera, en vez de llenar una cuenta suya personal en algún paraíso fiscal de los que honran a ciertas islas. ¿Qué más?

 

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DE verdad, ¿qué más? Esta mañana de domingo, mi mente me resulta un poco floja. No sabe qué inventar. Me hallo completamente solo en la casa -salvo los perros- porque mi hijo Javier ha organizado con el muy relativo dinero de su bolsillo un viaje en autobús a Cuernavaca a favor de una gentes ancianas que él anda protegiendo como puede, por ejemplo por medio de comidas domingueras una de las cuales, la de hoy, se está realizando precisamente en Cuernavaca. A esas ancianas y muy empobrecidas personas Javier las llama "mis viejitas" y se quitaría las tortillas de la boca para pasárselas a ellas. Otra pasión que tiene mi hijo Javier son los perros callejeros, como se sabe, y otra vez se quita Javier las tortillas de la boca... pero en este instante me regresa a la mente -¡martirizada por las últimas anestesias!- la idea que debía ser lo fundamental para mi próximo artículo: éste. Es decir "sí", gritar "¡sí!" a la pena de muerte para los secuestradores.

Y sin tantas distinciones y reservas a la mexicana, ¡por Dios!, pena de muerte a cualquier dizque ser humano que secuestre a otro ser humano, y sin que vengan a imponerse reservas sobre si el secuestrado muere o sigue viviendo, si tiene cuarenta años o tiene cinco, etcétera. Yo no podré dar mi voto por mi calidad eterna de "extranjero", pero la gente de mi casa sí y confío en que escucharán mis consejos. La pena de muerte por semejantes crímenes abyectos la aceptaba serenamente hasta la Iglesia Católica antes de la anexión de Roma por Italia y también la aceptaba -la acepta- el derecho talmúdico que de alguna forma siempre rige al ser judío. Y la realidad y la vigencia de una pena de muerte bien aplicada y sin toneladas de complicaciones muy a la mexicana sanarán a este querido país de uno de los principales cánceres que lo roen; Dios quiera que así sea, pues, ¡y esperemos el plebiscito con pasión! Pues yo creo que el plebiscito dirá "sí", ¡desde luego!

 

* Ser humano