Turbocrónicas

 

Extrañas Cuchilladas

 

Por MARCO AURELIO CARBALLO *

 

Para los compas del unomásuno.

 

DOS días antes había sentido un leve ardor en el lado izquierdo de la espalda, en la paleta. El estrés impidió auscultarme, también la hipocondría. Al día siguiente el ardor era más fuerte. Le eché ganas y me puse ante el espejo del cuarto de baño. Descubrí tres rasgaduras, una, la de en medio, ancha, profunda y larga. Eran como pequeñas cuchilladas. Cuando terminé de rasurarme y me puse alcohol en los cachetes quise untármelo en la espalda. No le acerté a las heridas porque apenas sentí el escozor. Recordaba la escoriación e insistía en descubrir qué pudo haber sucedido. Revisé la cama, revisé playeras usadas sin hallar el menor rastro. Tampoco había manchas de sangre en la ropa o en la sábana. La tira de cuero de la mochila podría haberme hecho las rasgaduras, pensé. A partir de ese momento traté de sostenerla en la mano. Cuando olvidaba las heridas volví a colgarla al hombro y la frotación las reavivaba. Recordé los siniestros efectos de una medicina (¿?) que adelgaza la piel y cualquier leve presión ocasiona heridas. Dos veces al día trataba de aplicarme el alcohol.

 

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EN el cuarto 22 del hotel Fénix no hallé vestigios del arma que pudo haberme ocasionado las lesiones. En el Deportivo del DF descubría a veces pequeñas cortadas en los dedos producidas por mí mismo (sin querer, desde luego) cuando hurgaba en la canastilla con los utensilios de aseo. Cansado de aquella pequeña tortura procuré a partir de cierto día hacer a un lado el rastrillo de afeitar para no cortarme. Era imposible que ahora hubiera sido esa la causa. El rastrillo estaba en el lavabo y éste en el cuarto de baño. No era sonámbulo y tampoco había tenido pesadillas... De pronto recordé una. Se trataba de un bicho negro y peludo tamaño huevo pero esférico en mi pierna. Se desplazaba picoteándome la pantorrilla derecha y sentía paralizado el brazo correspondiente como para darle de manotazos. El espanto logró despertarme. Quién sabe qué clase de bestezuela peluda era aquella. Si bastante venenosa, amanecería muerto. Oscar Ballinas Lezama iba a lamentar el suceso porque faltaban dos sesiones del Taller de Narrativa de una serie intensa de siete durante el fin de año y por la monserga que significa enviar el cadáver al DF desde Tapachula, a hora y cuarto en avión. Nadie le contestaría en casa. Petunia y los niños vacacionaban todavía en Chamela, Jalisco.

Ballinas se adelantaría con la prisa necesaria que reclama el deseo apremiante de sacudirse un fiambre. Sobre todo en el clima tórrido del Soconusco. Investigaría precios y si la incineración resultara barata, adelante. No pude evitarlo, le diría a Petunia. Disculpe, aquí tiene usted... Ballinas Lezama iba a hacerlo así al recordar quizá el lugar común de más vale pedir perdón y no permiso. La respuesta de Petunia tranquilizaría a Ballinas, si lo inquietara algo aparte de las injusticias, los abusivos y los ineptos. Usted no se "despreocupe", le diría Petunia. Mi compañero estabao n tanto zafado. Presumía de padecer el síndrome de la DMC. ¿La qué?.., preguntaría Ballinas. La disfunción mínima cerebral, producto de un centenar de enfermedades que padeció en el Soconusco. Siempre quiso que lo incineraran y arrojaran sus cenizas al río Texcuiyapa, sin previo aviso porque alertaríamos a las autoridades ambientales.

 

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EN todo eso pensaba en La Mesa Redonda cuando llegaron los Gonzzalí, padre e hijo. Les platiqué el caso de las tres rasgaduras en la espalda. Gonzzalí padre, Gustavo,onrió mientras repartía en un vaso media de espumosa fría y media de espumosa al tiempo. Pero Gonzzalí hijo, Genaro, dio un diagnóstico rápido. El es abogado y trabaja como visitador agrario. Fue un ronrón, dijo. Debe haberse quedado entre las sábanas. Son los que dejan esa clase de heridas. El ronrón es un escarabajo volador. Debí conocerlos en mi selvática niñez soconusquense. Esa tarde libé más tranquilo media docena de espumosas y en la noche sacudí las sábanas del cuarto 22. Pero el sosiego duró sólo hasta el día siguiente, cuando el pintor Julio César Lopezventura desmintió la versión. Entonces, ¿qué clase de bicho produjo aquellas tres como cuchilladas? ¿Quedaba sólo rezar para que no acentuara mi DMC?

 

* Reportero y narrador